sábado, 10 de diciembre de 2011
viernes, 9 de diciembre de 2011
CRÓNICA -"El cuidado de la vida" – Jardín Botánico, por Gustavo Schlegel.
Me gusta pensar que una forma de cuidar la vida es permitirle a cada ser poder expresarse, honrar la voz de cada ser humano, me aventuraría a decir la expresión de cualquier ser vivo, vegetal o animal.
La historia de sus vidas presentada en la pieza de la búsqueda de vivienda de Lilián que representa trozos de la vida de cada una de las integrantes de “Las descomplejadas” lleva a ese espacio, a ese lugar: La necesidad de “estas mis viejitas queridas” que quieren expresarse, que quieren decir lo que les pasa, mostrarse como seres capaces de desarrollo humano, por tanto capaces de crear colectivamente como integrantes de cualquier colectivo de la sociedad.
Las voces de los más viejos es una de las voces que solemos no escuchar, también hay otras voces que no se escuchan. Raquel nos cuenta su historia sobre “una voz “ que finalmente logra ser escuchada y que ella llama “amor de madre”.
En primer lugar quiero destacar mi impactante asombro en una primera instancia, impactante por lo inesperado pero agradable por el despliegue de confianza que allí se estaba dando, del que éramos protagonistas, y que no es un signo menor. Que una persona tome un micrófono, cuente una historia de su vida a través de este micrófono y parlantes, que no solo llegaba a los que estábamos reunidos bajo los árboles sino que se extendía por los parlantes a través de todo el parque, que se siente y cuente lo que era sin lugar a dudas la tragedia de su vida.
Un hijo que pasa por la pasta base, que luego gracias a ese “amor de madre” logra salir de esa penosa situación, y que luego muere. No quise indagar en los pormenores de ese fallecimiento, si fue una recaída en la pasta base, si fue por algún otro accidente, me pareció que ya era suficiente con la exposición que voluntariamente había decidido poner en juego. A tal punto que en la escena decide que no hubiera ninguna representante de sí, la protagonista en este caso no fue su persona sino la sensación, ese “amor de madre” que finalmente logra ser escuchado y que logra ese efecto, el efecto que se produce cuando los oídos y los sentidos se abren a la escucha del amor.
Finalmente la voz que me queda resonando en mis oídos y vibra en mi piel es la voz de Francisco, un chico down en la platea que cada vez que le preguntaba el nombre a cualquiera de la platea, se escuchaba la voz de este chico diciendo “Me llamo Francisco”, como queriendo decir aquí estoy yo, escúchenme, yo también tengo mi palabra.
El hecho que cada vez que intentaba acercarme su continuo balbuceo no me permitía entender lo que quería decir, a todo esto su madre (otro perfil de madre) me hacia señas constantes de que no lo escuchara, de que no le hiciera caso, pero la voz de Francisco se obstinaba, y continuaba hablando y queriéndose comunicar. Yo nunca dejé de escucharlo, aún sin entender cual era el mensaje, hasta el momento en que pregunto el nombre de la función, y entre el medio del balbuceo Francisco dice “Ddrucha”.
Insisto, a pesar de los gestos de la madre a el mismo diciéndole “callate” y a mi diciéndome “no le hagas caso”, insisto, haciéndome cómplice de la insistencia de Francisco y vuelvo a preguntarle: “¿El nombre que le pondrías es Lucha?” A lo que me contesta eufórico “SÍ” “El nombre es Ddrucha”.
Y cuando pido a los espect-actores pasar al escenario a representar el nombre que se le había puesto a esta nuestra obra colectiva, el primero en pararse fue el propio Francisco.
Para mí el mensaje había sido muy claro, se trata de la lucha por escuchar las distintas voces, fundamentalmente aquellas que no solemos escuchar y que no por casualidad son las que tienen los principales mensajes: los diferentes, los locos, las viejitas , los down, el amor.
Atrevámonos a ser dignos del cuidado de la vida, a luchar por la expresión de esas voces y fundamentalmente.... a escucharlas.
Gustavo.
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