Aquella noche … bajo el humo de unas leñas que no ardían y unas tiras de asado que se morían de frío por la falta de brasas , ensayábamos una pequeña actuación con los compañeros del coro… todos mayores de sesenta, yo con ocho menos.
El vino y el whisky corrían velozmente. Entre risas y cantos nos mirábamos al comprobar que estábamos divirtiéndonos de un modo singular. Todo era improvisación… asumíamos, personajes, gestos, poses, miradas… con gente que seguramente nunca habían experimentado esas emociones que resultaban ser pequeños descubrimientos y menos ante un público también improvisado.
Se acerca un compañero y me comenta…”Vo… tenés que ir a un lugar donde hacemos algo que te va a gustar…”
Esos “precisos” datos me sonaban a los clavos de venta de jabones bestline o los tuperware… para mejor era en un apartamento del centro con un tal Gustavo del cual me agregó… “el apellido no te lo digo porque no te vas a acordar…”
Más que nada me motivaba la intriga de descubrir aquello de lo que mi amigo insistía en que me iba a gustar…. “es tal cual pa vos”…
“Ah…. y andá a las ocho en punto …”
Creo que fue la única vez que llegué en hora a un lugar.
Un timbre sin nombre, un corredor al fondo, la puerta de un apartamento cualquiera, en un lugar cualquiera de la ciudad… solo aumentaban mi ansiedad. Cruzar esa puerta me introdujo en ese mundo que iba a ocupar los siete restantes años de mi vida y pienso que el resto también.
era la propuesta.
En tres o cuatro meses se fue desgranando ese viaje.
Me asignaron un compa de viaje, que yo no elegí, no tenía como hacerlo…no los conocía…
Lo cierto es que aquello comenzó a atraparme … era el tal “algo” que me había dicho mi compañero la noche con el coro y realmente me comenzaba a gustar.
Embarcamos con unas pocas cosas en la mano, muchas ansiedades en el corazón y miedos que no sé donde se ocultan.A medida que avanzaba el viaje… en medio de estatuas, ánforas, máquinas y aperturas de cabezas, sentía ir descubriendo en mi interior una nueva forma de expresión y para mi que venía de la arquitectura y de la plástica de lo cual la expresión es su esencia, era todo enriquecedor… agregamos a esto la emoción y ya estaba en otro planeta.
Recuerdo hasta hoy, el día en que desembarcamos con mi compañero en la isla…. éramos personas distintas a las que habían arrancado unos meses atrás, las ansiedades se habían ido volviendo fortalezas, los miedos no existían… y el mundo y la vida se veían
también… diferentes.
Pero tal vez lo más importante es que éramos dueños de un sentimiento que nos hermanaba de ahí en adelante…
Después fue como el mensaje de Cristo a los apóstoles…” vayan por el mundo…”
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Lo que me deja el teatro espontáneo
el hecho de poder comunicar emociones mías…tanto como procesar y devolver ajenas.
El convencimiento de manejar una herramienta esta sí de transformación (al fin… después de tantas revoluciones gastadas) tanto en lo individual como colectivo.
Y algo que no es menor… no es posible hacerlo sólo…. no existe un actor espontáneo en una plaza pública. En la tarea de conjunto que supone , se tejen esos lazos de hermandad que hacen de cada actuación un sentimiento intransferible y en ese salto al vacío los brazos solidarios de los compañeros siempre, siempre… están tendidos…. y ese abrazo al final… tiene lo imprescindible en misticismo y magia.
Menos mal, porque hay tanta gente en este mundo
que es bueno saber que “el buey solo no se lame bien…” y probar que “más vale mal acompañado que solo…” como también que siempre “valdrá la pena tener en cuenta al bueno por conocer…”
Y al final aquella noche de asado, cantos y vino alumbró esta aventura que hoy disfruto…

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